Escritos de Sole

EL SENTIDO DE MI VIDA
El día 25 de octubre Sole pronunció esta conferencia ante un grupo de familias del Colegio Mater Salvatoris de Madrid

Me pidió Miguel que hiciera una pequeña reflexión, para empezar estas reuniones de Espiritualidad en Familia, con el título “El sentido de la vida”. Nos reímos mucho, pues parece el título ambicioso de una producción de Hollywood, un quiero y no puedo. Me corrigió el título levemente, para decir “El sentido de mi vida”, que ya es ciertamente más modesto, quizá demasiado como para convertirlo en tema de reflexión; pero vamos allá.

Sobre el sentido de la vida se ha escrito mucho. Sobre el de la mía, obviamente, nada. La M.Clara me insistió para que no leyera ni estudiara en filósofos ni teólogos, sino que tratara de comunicar lo que el Espíritu Santo quisiera decir. A Él me encomendé hace casi un mes, y a la M. Félix; de modo que las quejas, a ellos, o a mi otorrino, por no curar mi sordera.

Pido disculpas por hablar de mí, a través de algunos datos relevantes que han sido circunstancias por las que me ha guiado el Señor para entender mejor. Son las circunstancias de mi vida las que me hablan del Amor y de la Misericordia, son lo único que tengo. Pero el objetivo no es hablar de mí, sino hablar de Él (no, de Miguel no!), del Señor, del Maestro y Amigo, del Creador, del Compañero de mi vida.

Muchos me conocéis, y sabéis que mi vida ha sido y es muy feliz. Mi familia, mi colegio, la CM, son las caricias con las que el Señor me ha educado desde niña. Estoy casada y tengo tres niños, de entre 11 y 6 años, y soy profesora Titular de la Fac. de Filología de la UCM. Desde hace casi 4 años peleo contra una enfermedad, que llaman cáncer, incurable, y que a duras penas consigo combatir a base de tratamientos encadenados de quimioterapia, que a su vez me crean una serie interminable de problemas de salud que me limitan mucho. He dicho que peleo y combato, que es un lenguaje negativo con respecto a la enfermedad. Cada vida es distinta, así como la gracia y la capacidad que da Dios para enfrentarse a una circunstancia dolorosa. Yo he tenido la experiencia increíble e inexplicable –según criterios de la sociedad actual- de encontrar en la enfermedad, en la limitación, en el dolor, y en el sufrimiento, de encontrar AHÍ, digo, la Voluntad de Dios en mi vida, de encontrar cierta Belleza, lo que yo buscaba como un sentido, una visión verdadera de la vida, y en definitiva, de la mía, de mi insignificante y rara vida.

Digo que mi vida es rara, porque habría sido más fácil, le digo al Señor, seguir siendo esposa y madre amantísima, profesora, escribir en mis ratos libres, entrar, salir, y pelearme contra el mismo bunker del campo de golf del que nunca lograba salir.

Pero no: el camino es más raro: vivo al día, con poquísima vitalidad, poca salud, y mi trabajo en la universidad se ha vuelto a tiempo parcial, para combinarlo con mis estancias en el Hospital, que es un sub-mundo, una ciudad aparte, casi una civilización distinta de la de aquí afuera.

Es verdad que sólo cada uno puede vivir su vida, y enfrentarse a ella de manera plena o huidiza, y se es generoso o cobarde. Con una circunstancia adversa pasa igual: Se puede vivir de muchas maneras, y puesto que he visto que es la voluntad del Señor para mí, trato de vivirla plenamente. En ella encuentro mucha paz, y mucho Amor, a través de muchas personas increíbles que hacen que mi vida sea más feliz que antes.

Yo pensé…

Yo pensé que el sentido de mi vida era ser una buena Congregante Mariana, y ser una buena esposa; y ser una buena madre; y ser la mejor profesora; y seguir con mi investigación filológica, y hacer felices a los demás, y todo para gloria de Dios.

La enfermedad me ha puesto en mi sitio, y me ha quitado, por lo menos parcialmente, algunas de estas criaturas (en el sentido ignaciano), y si ése era el sentido de mi vida, lo ha frustrado. Por ejemplo, mi hija pequeña se queja de que no voy a la playa con ella; falto constantemente a mi trabajo,  he dejado de investigar, y resulta que me he convertido en la preocupación de aquellos a los que yo pretendía hacer feliz. Pues vaya chasco. El sentido de mi vida no es el que yo pensaba.

Os cuento una pequeña anécdota que me ocurrió hace 15 días, cuando pensaba en todo esto. En la entrada de mi Facultad hay, a la derecha, una pequeña Capilla. Tiene 10 bancos, es toda de madera de época, hay un precioso crucifijo de marfil, y un sagrario, donde reside el Señor. Al pasar por delante, digo, hace 15 días, dos alumnas delante de mí aminoraron el paso, miraron la Capilla, y una de ellas interpeló a la otra con un gesto medio despectivo: “¿y esto…?” (refiriéndose a la presencia de la Capilla); a lo que la segunda alumna, levantando los hombros y torciendo la boca, contestó: “No sé; hay gente para todo”. Recé por ellas y reflexioné sobre los intentos recientes que ha habido de cerrar la Capilla y convertirla en cualquier otra cosa, desde sala de usos múltiples a cuarto de baño. El argumento más “razonable” que se esgrime es que la Facultad es un lugar público, y la fe es algo personal, de la esfera privada. Pienso que esta idea es falaz, porque el único sentido eterno y sobrenatural de esta vida trasciende todos los momentos y circunstancias que se puedan dar; el sentido eterno de mi existencia es algo tan esencial, tan central, como el corazón vivo y latente de un organismo vivo, que no se puede separar de dicho organismo sin causar su muerte, más o menos lenta.

Por el pasillo de la Facultad, me pregunté, acto seguido, qué da más sentido a mi vida, qué es más esencial, central: las clases que doy; los alumnos que dirijo; o la presencia del Señor en el Sagrario. Me doy cuenta de que para mí, la presencia de la Capilla en la universidad tiene que ver con el sentido de mi vida, porque en esa capilla está mi Amor, mi Dios, mi Creador, mi Razón de ser, mi fin último, mi esperanza, que me anticipa ya en esta vida un tímido y fugaz reflejo de la vida eterna.

Mi familia es una fuente de Amor, una demostración de que Dios me quiere. Lo mismo mis amigos.

Mi trabajo, la enseñanza filológica, mis alumnos, son una ocupación, a la par que un modo de ganarme la vida, pero evidentemente no el sentido de mi vida.

Mi otro trabajo, la enfermedad, también es una ocupación, aunque ésta no me da dinero. Ir al hospital, horas de esperar, médicos, enfermeras, quimioterapia, enfermos de mal aspecto, peor humor y conversaciones dañinas para el alma. Una enorme pérdida de tiempo, pensaba yo al principio, un sin-sentido vital, según criterio humano. Pero resulta que a través de este sin-sentido entiendo algo mejor el sentido de mi vida.

Llegué a pensar que el sentido de la vida era la enfermedad, y llegar a vivirla dignamente. Sentí hasta una especie de vocación a ser enferma, en el amor de Dios. Una vez, en estos 4 años, me dijeron que me había curado, y me sentí perdida, porque el sentido de mi vida, la enfermedad, también había desaparecido…. (Pero volvió a aparecer, no hubo peligro). Pero, en definitiva, he comprendido que la enfermedad, igual que el otro trabajo, en el que sí me pagan, es un medio, y no un fin en sí mismo. El fin no es vivir dignamente la enfermedad, sino vislumbrar y comprender Su Misericordia.

La respuesta que me da es que quiere amarme

​El fin no es la cruz, el sufrimiento y el dolor. Estos tres amigos hay que aceptarlos y vivirlos como buenamente se pueda; pero el horizonte no puede terminar ahí, sino en Su Amor, Su Bondad, Su Misericordia. Yo acepté la cruz, pero me quedé en ella, y al cabo de unos meses pensé que había enloquecido. Descubrí que tengo que aprender a vivir y mirar por encima del dolor, viendo Su Rostro, Su Amor. Por eso le pido que, además de ayudarme con la cruz, que no me esconda Su Rostro, que me haga ver Su Amor, Su Misericordia. Y lo veo en mi familia, en el Mater Salvatoris, en mi amiga, en las bromas de cada día, en las pequeñas cosas, en mis clases.

Misteriosamente, cuando uno de nosotros sufre, y lo acepta, y se asocia a Cristo, se prolonga la Redención. No es el dolor el que redime, sino Su Misericordia, Su Bondad. Me puedo convertir en el objeto de Su Bondad, de Su Misericordia, y entonces es muy emocionante, porque en el cáncer, la pregunta deja de ser ¿qué demonios es esto? ¿qué sentido tiene?, para preguntarle, a Él, directamente, ¿qué quieres hacer conmigo, Señor? Y la respuesta que me da es que quiere Amarme. Lo que yo haga deja de tener importancia. Lo importante es lo que Él haga conmigo. Yo desaparezco, para que aparezca Él (M. Félix). El centro no soy yo, sino Él, el Señor. Y aquí entiendo yo el Principio y Fundamento ignaciano:

“El hombre es creado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor, y mediante esto salvar su alma; y las otras cosas sobre la faz de la tierra son creadas para el hombre y para que le ayuden a conseguir el fin para el que es creado. De donde se sigue que el hombre tanto ha de usar de ellas cuanto le ayuden para su fin, y tanto debe privarse de ellas cuanto para ello le impiden. Por lo cual es menester hacernos indiferentes a todas las cosas creadas, en todo lo que cae bajo la libre determinación de nuestra libertad y no le está prohibido; en tal manera que no queramos, de nuestra parte, más salud que enfermedad, riqueza que pobreza, honor que deshonor, vida larga que corta, y así en todo lo demás, solamente deseando y eligiendo lo que más nos conduce al fin para el que hemos sido creados” (Principio y Fundamento, Ejercicios Espirituales, S. Ignacio de Loyola)

El sentido de mi vida es, por tanto, ser amada por el Señor, y amarle yo, y transmitir Su Amor en la aceptación de Su Voluntad.

La mayor dificultad que tengo para creer en esto a fe ciega es porque no me lo merezco. Y tengo razón, no me lo merezco. Pero tampoco me merezco casi nada de lo que tengo. Miro, por ejemplo, a mi marido, y me admiro de que me quiera como lo hace, con una fidelidad total y una ternura asombrosas. Me quiere con enfermedad o sin ella, en el hospital o en casa, operada, con peluca o sin ella. Yo misma desconfío de la intensidad y profundidad de este amor, que evidentemente es un gran don que nos ha concedido el Señor a los dos en esta época dura de prueba. Porque la enfermedad nos la ha mandado a los dos, no sólo a mí.

Pues de igual modo, yo sé que el Señor me quiere, y me quiere siempre, y ahora más que antes, y nuestra relación, la del Señor conmigo, la mía con el Señor, es el sentido de mi vida. Y obviamente, es una relación de Amor.

Decía Juan Ramón Jiménez, el poeta más puro, “Yo tengo encerrada en mi casa, por su gusto y por el mío, a la poesía. Y nuestra relación es la de los enamorados”.

Bueno, pues, yo tengo más que la poesía. Le tengo a El, al Señor. Por su gusto, y por el mío.

Y esto tiene que ver con la unidad de vida, desde el principio hasta la eternidad.

Unidad de vida

Una idea que siempre me ha perseguido desde casi niña, era que yo quería vivir igual a los 15 y a los 80; cosa que humanamente es absurda, porque no se tiene las mismas fuerzas, circunstancias… pero yo quería orientar mi vida hacia el mismo objetivo, no quería errar el tiro, y vivir de forma diversa dependiendo de cuál fuera el viento que soplara. Quería vivir hacia el Señor, con cierta indiferencia ignaciana, viviendo las alegrías  sin dejarse llevar por la euforia, y las tristezas sin llegar  al drama. Unidad de vida, desde el principio hasta el fin. Y de repente, pensé, ¿qué fin? ¿la muerte? ¿por qué parar ahí el proyecto, si en realidad ahí es donde comenzará a realizarse? Así que pienso que la unidad de vida debe verse al revés, empezando por el final: Si, gracias a Su Misericordia, viviremos adorándole y sirviéndole eternamente, ¿por qué no empezar ya aquí, y que éste sea el único sentido de mi vida?

Termino con una cita del Sto Cura de Ars: (de Jean Guitton, Mon Petit Catéchisme, capítulo sobre “Le sens de la vie”) “S’il n’y a rien après la mort, je serai bien attrapé, mais je ne regretterai pas d’avoir vécu dans l’amour de Dieu”.

Soledad Pérez de Ayala, Congregante Mariana,

a.m.D.g.

REZANDO EL PADRENUESTRO
En noviembre del año 2009, la Congregación Mariana de la Asunción pidió a Sole que diera una charla a los congregantes. Sabían que su testimonio de fe podría ayudarles mucho. Estas fueron sus palabras. Se ha procurado no retocarlas para no perder su estilo: tan profundo y tan sencillo.

 

Desde hace 3 años largos peleo con una enfermedad que me dicen que es incurable pero yo sigo ahí para adelante. El motor por supuesto es el Señor. Hay dos elementos que me mantienen con vida por este orden, la oración y la quimioterapia. Mientras haya quimioterapia, me dicen, mientras haya tratamiento te seguiremos dando y yo digo, muy bien pero es más importante la oración. Por supuesto que la mía pero sobre todo la vuestra, la de los que me rodean y la de toda la gente que me quiere.

¿Qué les digo? Yo pensaba ¿Qué les voy a decir? Porque creo que vosotros tenéis más experiencia vital, más experiencia de oración o me podrías contar vosotros tantas cosas a mí. Pero luego es verdad que pienso, que el Señor nos da una experiencia a cada uno, un camino a cada uno y que es único e irrepetible y que muchas veces con la cruz que nos da, nos da también una gracia especial para admirar la belleza de cada una de nuestras circunstancias. Y eso es lo que yo trato de transmitir, la belleza de mi cruz que es una enfermedad un poco difícil. Ahora llevo un mes difícil, con una quimioterapia difícil. Ayer cuando me levanté por la mañana enfadadísima porque me iban a dar una quimio nueva yo no la quería, le dije: “Señor me he cansado, ya no me des más quimio que yo ya me voy contigo”. Antes de ir al médico me había dado ánimos nuevos, y me había dado otra vez mi alegría y nada, dije: “pues vamos a seguir con la quimioterapia”.

¿Por qué no comentaba el Padre nuestro a la luz de la enfermedad? Así que nada ahí voy. Es la oración que todos rezamos todos los días. He cogido el evangelio para ver el contexto en el que el Señor nos dio esta oración, esta oración para todos, para los sanos y para los enfermos también nos lo dio. “Al rezar, no habléis a destajo como lo hacen los gentiles pues se creen que gracias a su palabrería van a ser escuchados. Por tanto no os parezcáis a ellos, que antes de pedírselo vosotros, vuestro Padre sabe de qué tenéis necesidad así que vosotros rezad así. . .

El Padre como no va a saber de qué tenemos necesidad. Muchos de vosotros, supongo que casi todos tenéis experiencia de paternidad, de hijos. Yo lo veo con mis niños antes de que se acerquen yo se lo que les pasa. Justo antes de venir han llegado del colegio y ya he estado 5 minutos con ellos y sabía que les tenía que decir: “Tú hoy no estudies, tú hoy no veas la televisión. . .”ya solo por la cara se les ves si están cansados, todo.

Padre

Empiezo por Padre, y en Padre me quedo. Ya en la primera palabra del padrenuestro me quedo y me hago niña y acepto y no entiendo. Muchas veces no entiendo pero acepto y confío en Ti, tus planes no los puedo comprender yo pero tampoco los niños entienden los míos. Mis niños, la mayor que tiene 11 años, muchas veces no entiende porque le mando hacer algo y lo hace, no tiene más remedio claro, entonces yo tampoco.

 La distancia que hay entre mis niños y yo es tan pequeña, y sin embargo la distancia que hay entre Dios Padre y yo es tan grande que si mis niños no me entienden a mí como voy a entender yo los planes de mi Padre. Entonces busco las actitudes de mis niños que se convierten en mis 3 maestros de vida. Busco sus actitudes y la primera es una actitud de confianza. Yo confío en ti.

 Ayer mi hija pequeña como todas las noches se vino a mi lado: “mamá cuéntame en un cuento” y me agarró del brazo. Entonces yo pensé, a ver Padre, ¿cómo puedo agarrarte yo del brazo? ¿Y Tú qué cuento me vas a contar? Yo le digo, cuéntame el cuento de la Vida, y el cuento de la Verdad. También con el Padre busco consuelo, igual que los niños buscan consuelo en su madre y en su padre. Estoy mezclando Padre y Madre, tantas veces hemos odio que Dios es Padre pero que es Madre también, que tiene las características de Madre. Claro yo como soy madre lo intento ver de esa manera. Busco consuelo, en el Padre me siento protegida, querida y confortada. Busco también su cercanía en el dolor, en la limitación, en la renuncia y trato de meterme hasta físicamente en los brazos del Padre. También como hacen los niños conmigo trato de comentar con Él lo que pasa cada día: hay días que me encuentro muy bien y entonces Señor pues que alegría hoy, “gracias porque me das fuerzas”, pero hay días de mucha tristeza también se lo cuento y también tengo días de dolor y hay días de decir, “hoy no puedo más”, y hay días de que entiendo nada, “Señor hoy no entiendo nada” y también se lo digo porque creo que también es una manera de estar con Él. Él es Padre y yo soy hija, me parece increíble.

 Ayer mi hijo veía en la televisión que habían inaugurado una exposición de fotografías de todo el mundo en las que exploraban la relación de maternidad y paternidad, sobre todo madres con sus hijos, con sus bebés, y decían es una de las sensaciones más íntima, más profunda que puede haber. Esa sensación yo también la tengo con mi Padre y me parece increíble, es una relación íntima, es una relación cercana. A veces se me saltan las lágrimas. Cuando pienso esto y digo: “entonces, ¿por qué no me ahorras todo esto? Yo soy tu hija pequeña, soy tu hija más pequeña y si me quieres, ¿por qué no me lo ahorras?”.

 Sabéis que me dice: “mira Getsemaní, mira la oración en el Huerto”, ¿por qué? Porque ahí está mi hijo. Veo al Señor, a Jesús, a nuestro Maestro de vida que es Hijo. Yo soy hija de Dios y Jesucristo es hijo de Dios. Es increíble que el Señor me permita llamarle igual que su Hijo Unigénito. Ahí en Getsemaní aprendo a ser hija, intento aprender a confiar, veo el dolor del Señor y veo la confianza, y aprendo a ver que mi vida tiene un valor igual que la cruz tiene un valor infinito, pues a lo mejor mi vida también tiene un valor. Aprendo a ver que soy de la familia y aprendo a ver que cuentan conmigo. Doy gracias al Señor por contar conmigo. Padre, gracias.”

Padre nuestro

Padre nuestro, a mí el pronombre plural me consuela muchísimo porque me une a todos vosotros que cada uno tenéis vuestra cruz y vuestra vida, más fácil o más difícil, todos y cada uno tenéis seguro una cruz. Me consuela porque me une a todas las mujeres y hombres, en especial a los que sufren. Decir Padre nuestro me lleva a los salmos y me hace sentirme muy Pueblo de Dios, muy Pueblo de Dios desde el principio, que no estoy sola, que no estamos solos en el sufrimiento. También al decir Padre nuestro me siento unida a todos los orantes, a todos los contemplativos, a todos los sacerdotes, a todas las personas que oran. . . y siento la fuerza de la oración y me acojo a esa oración, esa oración que noto que es la que me mantiene a flote estos días porque si no, esta alegría, ¿yo de qué? No podría tenerla.

Siento lo que llamamos la Comunión de los Santos, de los que están en el Cielo y de los que estamos en la Tierra. Siento la comunión de todos, porque Padre Nuestro me une también la gente que ya está en el Cielo, somos Iglesia, unos aquí otros allí pero todos somos hijos. Los de allí, los mártires y todos los que nos preceden nos animan a vivir con esperanza y con alegría lo poquísimo que dura lo de aquí. Muchas veces pienso: “hay que largo, llevo ya casi 4 años con la enfermedad” y pienso ¿y qué es eso?

Que estás en el cielo

Vamos a seguir… Padre nuestro que estás en el Cielo, y es que estás. Aquí el lenguaje, sobre todo el castellano sí que nos ayuda a distinguir entre el ser y el estar. Eres nuestro Padre y estás, estás en el Cielo, estás allí pero aquí también, y estas aquí conmigo y estás con nosotros, de modo que debemos tener aquí un poco de Cielo aunque a veces no nos enteramos pero aquí también tenemos un poco de Cielo puesto que el Señor está con nosotros. Al Cielo quiero ir Señor, quiero ir contigo y estar ahí para siempre y con tu gracia Señor iré.

Se me llena el corazón de Esperanza. Acordaros que esto es una mala noche en una mala posada y tenemos que aprovechar el poco tiempo que tenemos para estar aquí y vivir la fe porque luego cuando lleguemos allí ya no tendremos la fe, tendremos algo mucho más grande, que será la plena visión de Señor. Tenemos que aprovechar esta vida, las ocasiones que Él nos brinda, no digo que yo pueda disfrutar de la enfermedad porque sería una mentira gordísima, pero como decía siempre el P. Mendizábal: “ofrecer la cruz, ofrecer la enfermedad, ofrecer el dolor y luego pasarlo como se puede”, todos se lo hemos oído decir. Si me viene la cruz Señor será por algo, entonces aquí estoy pero Señor, prepárame. Prepáranos un sitio, ¡y uno bueno! Uno bueno.

Santificado sea tu Nombre

Santificado sea tu Nombre, que sea santificado tu Nombre, ¿yo que puedo hacer Señor para Santificar tu Nombre? Pues yo no puedo hacer nada. Hacer, hacer y además cada vez menos porque estoy muy limitada. Pero es que tú no quieres que yo haga, es que solo quieres que yo esté aquí santificándote y bendiciéndote, diciendo que sea santificado tu nombre, aceptando, alegre porque tú eres y estás conmigo y como decía M. Teresa de Calcuta, “concédeme Señor seguir sonriéndote”. Aunque no vea, concédeme Señor seguir sonriéndote y así hacer que tu nombre sea bendecido por los demás, que te conozcan a través de mi sonrisa. Últimamente mi sonrisa está fatal porque tengo un problema en la boca, mis hijos me dicen: “mamá estás muy seria” y digo, ya fatal si yo lo único que tenía era la sonrisa y ahora me la quitas, ¿Señor no sé qué quieres? Pues nada, que siga aquí. Señor, Tú sabes que tengo sufrimiento físico, limitación, y mucha renuncia y yo te lo ofrezco a mayor gloria tuya. Yo te lo ofrezco.

A veces me pasa Señor que yo no veo nada, que tengo días de mucha oscuridad y sin embargo otros te veo a través de mí. Y yo ya no entiendo nada. Si eso es así, Señor para gloria tuya. Señor que yo no deje de bendecir tu nombre.

Venga tu reino

Venga tu reino. Tu reino, ¿cuál es tu reino Señor? Es un reino de paz, es un reino de amor. Tengo aquí un recorte que guardo siempre con mi Nuevo Testamento del P. Valverde que supongo que muchos le conoceríais, un recorte de cuando murió en el año 2003. El título de la misa que él celebro en sus 50 años decía, al final de mi vida más que nunca creo en el amor. Pues eso, yo creo que el reino es un reino de amor.

Tu reino Señor no es un reino de éxitos humanos, ya nos lo dijo tu hijo hace 2000 años pero no nos lo creímos y seguimos tan torpes y seguimos empeñados en los éxitos, en el bienestar, en buscar el confort, en buscar el lujo, el éxito profesional, el éxito personal. Que no, que no, cuando te busco profundamente encuentro cruz y cuando saco fuerzas para seguir buscándote me encuentro otra vez con la cruz. Pero Tú nos has enseñado que la cruz no es el fin, solo es el camino a tu reino de amor.

 Aunque estamos aquí, nos enseñas a buscar tu reino y a pedir tu reino. Tu reino me has enseñado Señor que está dentro de mí y no fuera, porque los días que estoy con menos fuerzas y te digo hoy toca estar sentada, en casa y nada más, esos días muchas veces tengo tu paz y tengo tu reino y veo en todos tu amor. Veo que tu reino está dentro, está dentro y muchas veces lo buscamos fuera. Tantos días nos pasa que tienes un disgusto porque te dan una mala noticia o porque te encuentras fatal y dices y ahora qué hago: voy a llamar a mi hermana a contárselo, y voy a llamar… a contárselo y de repente hay días que digo, que noooo…, se lo voy a contar, primero se lo voy a contar al Señor, me voy a consolar con Él, voy a buscar en Él y luego ya llamo a María, (mi hermana se llama María).

 También se lo cuento a María, María la Madre, porque Ella me consuela. Tu reino es de luz, dame luz Señor, que yo vea Señor, como el ciego al borde del camino, dame luz. Tu reino es Amor. Una petición que tira a ser muy ignaciana, pido conocimiento interno de tu corazón de Padre. Aunque no siempre lo sienta porque hay muchos días que no me entero de nada. Dame a conocer tu amor a través de tus caricias, ¿y cuáles son tus caricias? Tantas como me has dado, porque claro, yo a veces pienso: “Tú tienes mucha cara porque tú te querías ir de rositas toda la vida”. Yo tengo 43 años y llevo 3 enferma pero ¿y los 40 anteriores? Es que tanto como me han mimado, mis padres, mis hermanos, el Mater Salvatoris, mi marido, mis niños, tanta formación, tantos sacerdotes, la Congregación Mariana, ¿y eso que pasa?, ¿qué de repente te olvidas? No ese es tu reino, esas son tus caricias.

 Señor, concédeme con tu gracia transmitir tu amor, ese reino de amor a las personas que me encuentro a diario porque si ellos saben que les amas ellos amarán a otros y así se extenderá tu reino. Tu reino aquí en la Tierra es de fe y de esperanza, no me quites la esperanza Señor, no me ocultes tu rostro.

Aquí, la verdad es que me he ido al Nuevo Testamento del P. Iglesias a ver que decía del Reino del Padre nuestro, y dice: “¿Por qué no recibieron el Reino del Señor? Que tu Reino venga pronto y definitivamente. Los escribas y fariseos rezaban diariamente en la oración que sea engrandecido y santificado su gran nombre, haga reinar su reino y germinar su Redención, que introduzca a su Mesías y rescate a su Pueblo”. ¿Y por qué no lo recibieron? La explicación que vale también para nosotros puede estar en la siguiente petición del Padrenuestro. “Hágase tu voluntad”.

Hágase tu voluntad

Quien no cumple la voluntad de Dios no será capaz de aceptarlo como Rey. Muchas veces no aceptamos su voluntad y eso me lleva a la siguiente petición del Padrenuestro. Hágase tu voluntad, hágase tu voluntad por supuesto Señor pero, que la aceptemos y que sonriamos, que estemos alegres.

Aquí me permite el Señor desviar la atención de Él por un momento para irme a ver a la Virgen porque claro, aceptar su voluntad, hágase tu voluntad es el Fiat de María. Dirijo mis ojos a María que aceptó. La escena de la Anunciación es maravillosa, Ella aceptó, hágase tu voluntad por su puesto, pero luego la vida de la Virgen fue larga y tuvo muchos momentos dificilísimos y Ella confió y meditó y creyó en paz y en silencio. Yo siempre me la imagino con una sonrisa. Pues en la enfermedad, Ella es la que me acompaña, la que está junto a mí en silencio. A mí me gustaría que me hablara más pero ella es siempre muy silenciosa y siempre me dice estás aquí y yo estoy junto a ti. Junto a la cruz siempre estoy yo, junto a la cruz siempre está María, siempre… y yo siempre la encuentro a Ella. Gracias María.

Danos nuestro pan de cada día

Danos hoy nuestro pan cotidiano leo aquí en el Evangelio. Yo me levanto cada día gracias a ti Señor y mi primer pensamiento, por lo menos eso querría yo, mi primer pensamiento va a Ti y te ofrezco el día, lo que toque hoy, si toca fuerza, fuerza y si no toca fuerza, pues… pues Tú dirás. Yo te pido todos los días fuerzas, te pido fuerzas físicas para seguir luchando, para poder educar a mis hijos que es una ilusión que tengo y los niños son un motor en mi vida, fuerza para aceptar pero más que fuerza física te pido esperanza, te pido luz y te pido alegría.

Y perdona nuestras ofensas

Perdona mis ofensas Señor. Aquí te voy a pedir perdón por 4 cosas, porque hay muchas pero te voy a pedir perdón por 4. La primera son mis fluctuaciones, hay temporadas que me encuentro mal pero hay temporadas que me encuentro bien y yo cambio de manera de vivir y no diré que me olvido del Señor pero no me acuerdo tanto de Él. Eso no está bien yo creo, perdóname Señor porque cuando me das fuerzas me voy de paseo, me voy a vivir mi vida y sin embargo cuando me haces sentir la cruz no dejo que apartes tus ojos de mí, porque estoy ahí todo el día. Perdóname Señor por mis fluctuaciones cuando me encuentro bien.

Te voy a pedir perdón por una cosa que a lo menor choca pero que he entendido recientemente. Yo he querido evitar la cruz de todos los que estaban a mí alrededor, una de las cosas que más me cuestan es ver sufrir a mis padres, ver sufrir a mi marido, ver sufrir a mis niños. Entonces yo sí puedo me callo y si puedo no cuento nada y si puedo…  y de repente digo: “pero si yo no tengo derecho”. Hombre, a veces, por caridad intentas poner una media sonrisa pero de repente he comprendido que el Señor nos está mandando esto a mi marido y a mi juntos, a mi marido y a mí, y esto lo he entendido hace muy poquito y lo he hablado con él, y mi marido que es un hombre buenísimo, (hoy quería haber venido conmigo la verdad pero está en la oficina así que no ha podido). Él me quiere siempre, me apoya siempre y tiene una ternura conmigo extraordinaria esté como esté, me encuentre bien o mal, esté en el hospital o en casa, da igual, él me quiere de una manera extraordinaria y comparte conmigo todo y él me lo dice, me lo venía diciendo: oye que esto es de los dos, y yo decía, si, si si, como que tú te estas enterando de esto y de repente he comprendido que es de los dos y que él lo está viviendo conmigo. Ahora me cuesta menos renunciar a las cosas, me cuesta menos la limitación y si no salimos, pues no salimos, da igual estamos tú y yo y estamos tú y yo y ya está, y estamos tan contentos.

Perdona Señor porque esto no lo había entendido y otra cosa que quiero hacer siempre es evitar el sufrimiento a mis hijos. A lo mejor es su camino y a través de la enfermedad de su madre el Señor les toca el corazón. A lo mejor no tengo que evitársela sino ayudarles a entenderla. Perdona Señor porque no me estaba enterando de nada.

 Tercera cosa, perdona Señor porque a veces me desespero y eso está mal. Yo no lo llamo desesperación, no es desesperación es desesperanza. Es a veces falta de esperanza porque no veo nada y tengo que aprender a saber que eso es una tentación que cuando uno se desespera, que cuando uno quiere mandarlo todo a la porra eso es una tentación porque aunque no veamos, el Señor está ahí con nosotros, lo hemos visto tantas veces… . A veces pienso esto que estoy viviendo yo es una fantasía morisca, que el Señor me quiere, que la enfermedad es una manera de ayudar a la Redención…  ¡pero que cuento chino! esto también es una tentación porque claro que el Señor tantas veces me ha hecho ver que la cruz es el camino, es Redención, pues mi pequeña cruz ahí va también.

 Perdona Señor, esta es la cuarta ya, porque a veces quiero como dice el Apocalipsis, “temo contra ti que te has olvidado del primer amor”. Perdona Señor porque yo a veces me olvido de ese primer amor, de ese amor que Tú me tienes y que me has hecho a veces hasta sentir. Perdona Señor y ayúdame a que sigamos siempre juntos, a que esa relación, ese cariño que Tú me tienes, ayúdame a cuidarlo. Que no me olvide que Tú me has cuidado desde el principio, que me viste que me cuidaste, hiciste una cerca alrededor mío, me confiscaste pues todo eso que no se me olvide.

No nos dejes caer en la tentación

El texto que tengo aquí del P. Iglesias, dice y “no nos metas en tentación”. No nos dejes caer en la tentación esa es la tentación, pensar que no me quieres, que no me miras, que no te siento, que esto no es verdad. Que no es verdad tu amor, la fe, el amor, la esperanza, líbrame de esa tentación Señor, no me dejes caer.

Y líbranos del mal

Y ya llego al final, y líbrame del mal. El otro día, una persona que me quiere mucho, me decía que estaba escandalizada con el Padrenuestro, y yo le decía y ¿por qué? ¿Qué te pasa? Pues que de repente llevo 3 años aquí rezando y líbranos del mal, y libra a Sole del mal y libra a Sole de la enfermedad y de repente he entendido que el mal no es la enfermedad, que el mal es el malo, el pecado, el tentador y se me caído todo porque llevo rezando el Padrenuestro y lo estaba rezando mal. Y ella, porque era mi madre la que me lo decía, decía es que no puede ser, es que no puede ser que el mal no sea la enfermedad. Pues a lo mejor nos estábamos equivocando y estábamos rezando mal.

El P Iglesias traduce, antes bien líbranos del malo que parece así de película de Western, líbranos del malo. Pues sí, que yo no identifique el mal con la desgracia, a lo mejor sí, a lo mejor uno tiene una desgracia, de una falta de salud, de un problema de un hijo o de un problema económico, el Señor me está acercando más a su corazón. . . entonces el palo es otro.

Ya termino, vuelvo al principio, Padre, Padre nuestro. Antes se me ha olvidado decir Amén. Amén es amén, si aceptamos todo, ¡claro que sí! Y volvemos ahora al principio. Ahora vuelvo a darte las gracias, gracias por esto. Gracias por la vida porque aunque es difícil a veces, es tan bella. Y gracias por tu Madre, y gracias por toda la gente que nos quiere y gracias por los medios y por toda la congregación mariana y por todos los congregantes, gracias Señor.”

PARADOJA DE LA ENFERMEDAD
En enero de 2006, cuando con más intensidad buscaba yo hacer la voluntad de Dios en mi vida, el Señor me hizo ver que iba a tener una enfermedad, para la conversión de mi corazón y quizá la de algunos otros, y para gloria Suya. Al poco me diagnosticaron un cáncer, que me trataron con quimioterapia, cirugía y radioterapia.

Ser toda suya, y sólo suya

Yo buscaba: Buscaba la Verdad, en la Eucaristía, en todo lo que es de Él, en la Iglesia, en los sacerdotes, en mi Congregación Mariana. En realidad, le buscaba sólo a Él, a Cristo. Empecé a decirle que quería ser toda suya, y sólo suya. No del mundo, ni de la vanidad. Esto es fácil de desear, pero difícil de llevar a cabo porque el mundo te arrastra. Pero a través de la enfermedad, que me obligó a renunciar a tantas cosas – mi imagen, mi trabajo, mis fuerzas – me fui haciendo más de Él. A medida que yo renunciaba a alguna criatura, Él se hacía más fuerte en mi corazón.

Con la ayuda del Señor, de la Virgen María, y de toda mi familia, fui encajando el sufrimiento de la debilidad, las llagas, el hospital, y todas las molestias derivadas de la medicación. Al principio tenía miedo a la cruz, y ese miedo me hacía sufrir más que la propia enfermedad. A menudo me había preguntado, antes de la enfermedad, por qué tantos hombres y mujeres padecen en el mundo, haciéndose partícipes de la Cruz, y yo tenía una vida cómoda. Al entrar a formar parte de los que sufren, me sentí parte del Pueblo del Señor.

Siendo débil en el Señor, notaba más Su fortaleza en mí. Entonces se me pasó el miedo. El sufrimiento es superado por el Amor, y al sufrir con Cristo, nos hacemos partícipes de Su Amor. Yo le decía al Señor que si me daba fuerzas, saldría de mí misma, le amaría más y también a mi gente. Al mismo tiempo, en el amor de los otros hacia mí, sobre todo en el de mi marido, descubrí el Amor desbordante del Señor. Mi familia se volcó conmigo. Mucha gente me llamó para decirme que rezaba por mí. Yo ofrecía mis dificultades por todos ellos. Así se formó un círculo de oración y de gracia. En los momentos más duros, sólo mi Madre del cielo me ha podido ayudar. Ella, María, me ha aligerado esa carga que cae pesadísima sobre los hombros; ella sola me ha deshecho el nudo de la garganta, y me ha hecho ver que esto es un encuentro con su Hijo, gracias al cual yo también puedo entonar mi pequeño magníficat.

El Señor cuenta con nosotros

En febrero de 2007 me dieron el alta –no definitiva, pero muy esperanzadora – por lo que hicimos planes nuevos. En junio me detectaron una metástasis en los huesos. La cosa estaba clara: El Señor quería seguir contando conmigo. Mis planes de trabajo y estudio se cayeron. Los planes del Señor, sin embargo, siguieron adelante. Y me hice la siguiente reflexión: ¿qué vida es mejor, la que yo había pensado, o la que me impone esta enfermedad? La respuesta es que una no es mejor que otra, pues la bondad no está en lo que se haga sino en cómo se haga, y sobre todo de Quién vayas acompañado. He visto que de mis cuarenta años, el último ha sido especialmente dulce porque he contado de una forma sorprendente con la presencia de Cristo en mi vida diaria. Y he llegado a preguntarme si debo desear sanar, pues la dulzura de estar con Él me hace pensar en la vida eterna. En la enfermedad siento que el Maestro está conmigo, viviendo los momentos difíciles, y yo con Él participando así de su cruz. Por eso la enfermedad es dulce, pues le tengo a Él, le he descubierto a Él en mí. Y yo empiezo a vivir aquí en la tierra, sin mérito mío, las dulzuras de estar con Él en el cielo

Alegría y ganas de vivir

Yo pensaba, antes de la enfermedad, que la vida es un valle de lágrimas. Desde que estoy enferma, me han entrado unas ansias irresistibles de vivir, de transmitir la alegría que me da el sentirme amada por el mismo Dios. Claro que ahora vivo de otra manera, pues tengo al Maestro más cerca. Le pido al Señor que me enseñe a vivir el día, sabiendo que no sé si cuento con el mañana. La respuesta, como siempre, está en el amor. Después de tantos años de ejercicios espirituales, de meditar el Principio y Fundamento, me han tenido que atar a una camilla de hospital para entender que un minuto de cansancio extremo, o de simplemente mirar el horizonte, dan gloria a Dios, si se ofrecen por amor; que el objetivo de la vida no es ganar dinero, ni una vida exitosa, sino amar, amar, amar, y dejarme amar, dejarme amar, dejarme amar. Y confiar, vivir el día, vivir en cristiano, y transmitir a mi gente, en esta sociedad occidental tan triste y materializada, la alegría del crucificado. (Por eso sonríe el Cristo de Javier).

Vivir la enfermedad cerca de la Trinidad

A lo largo de estos meses he descubierto cómo cada una de las Personas Divinas de la Santísima Trinidad me cobija y me quiere, en la enfermedad, de una manera distinta. Entre ellas cubren unas funciones de forma amorosa, y si las escucho a las tres, la angustia desaparece y da paso a la paz y la alegría. En Dios Padre vivo la confianza de saber que Él es mi Padre, que me ha creado, que es todo Poder, todo Saber, y todo Bondad, y que por tanto no puede haber ningún resquicio de mi vida y circunstancia familiar que Él no haya previsto en sus planes de Amor. En Cristo tengo al único y mejor Maestro de vida, con el que me encuentro a diario en la Eucaristía. Él me va enseñando el camino. En el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, pongo la esperanza de que me sostendrá y me inspirará, como lo viene haciendo, la paz y alegría de saberme Hija de Dios. A mi Dios, Uno y Trino, por intercesión de la Virgen María, Madre del Salvador, le pido me dé fuerzas, me sostenga y me ayude a ser humilde ante Él”.

Soledad Pérez de Ayala, Congregante Mariana

Entrevista a Sole

En 2008 D. Javier Alonso entrevistó a Sole en el programa “La Baraja” de Popular Televisión.

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